Días de carne
Acuclillado y triste al borde de la acera,
los turistas contemplan su rostro estoico y serio.
Reducida al escombro la mano que tuviera,
el cayado del Inca, el poder del imperio.
Mira un gran edificio levantarse imponente,
y ve achicarse el mundo de su mundo pequeño.
Quien domara la roca y al oro refulgente,
hoy ve pasar su vida cual si fuera un mal sueño.
Ayer hijo del sol, hoy hijo del ultraje.
Fue señor del desierto y de la primavera,
rubricando la piedra con sus lejanas huellas...
Acuclillado espera al final de su viaje,
aunque sólo le quede del imperio que hiciera
un grano de maíz empolvado de estrellas.