El sonido de la música en la narrativa dominicana: ensayos sobre identidad, nación y performance
La interacción entre literatura y música popularha sido un fenómeno recurrente en la producción cultural de la República Dominicanapor lo menos desde mediados del siglo XIXhasta nuestros días.Esto no debe sorprendernos, ya que desde la danza que amenizaba las fiestas elegantes de la aristocracia criolla hasta el humilde balsié de los campos del sur y del este, desde el merengue cibaeño hasta el reggaetón, pasando por los sentimentales acordes del bolero y el desgarramiento de la canción de amargue, la música ha jugado un papel fundamental en la construcción de la subjetividad y en los avatares de esa “comunidad imaginada” que al decir de Benedict Anderson constituye la nación. Encontramos alusiones a instrumentos, ritmos, bailes y letras de canciones populares en obras costumbristas del siglo XIX como El Montero (1856), de Pedro Francisco Bonó; en textos modernistas de principios del XX como Ciudad romántica (1911), de Tulio Manuel Cestero, y en el regionalismo de los años treinta, como “Balsié” (1937) y Over (1939), de Ramón Marrero Aristy. Pero nunca fue la inserción de la música en la literatura tan ostensible como en una serie de novelas escritas a partir de la década de los ochenta, desde la aparición de Sólo cenizas hallarás (bolero) (1981), de Pedro Vergés, y Ritos de Cabaret (1986), de Marcio Veloz Maggiolo, a las que le siguieron Musiquito: Anales de un déspota y de un bolerista (1993), de Enriquillo Sánchez; Bachata del ángel caído (1999) y Palomos (2010), de Pedro Antonio Valdez; El hombre del acordeón (2003), de Veloz Maggiolo. Esta tendencia se extiende también a los cuentistas, como puede apreciarse en La radio y otros boleros (1996), de René Rodríguez Soriano, Invi’s Paradise (1998) y Emoticons (2007), de Aurora Arias, yMujer que llamo Laura y otros cuentos premiados (2012), de Aquiles Julián, y toma un giro sorpresivo en Rita Indiana Hernández, quien tras darse a conocer como narradora de la vida urbana con sus libros La estrategia de Chochueca (2001) y Papi (2005) se reinventa como compositora y performera, invirtiendo así la dirección del tráfico de imágenes a través de las fronteras entre las formas de expresión que nos ocupan.