Ya nunca será como antes
“—¿Viene solo?
—Sí –le digo.
—Necesito el teléfono y el nombre de un familiar. Por si hay alguna complicación, ¿entiende?
—Sí, sí, claro; apunte –digo–; se llama Carmen.
La menciono y de inmediato reparo en que tal vez he cometido un error. Una torpeza, algo de lo que quizás llegue a arrepentirme. Si bien no me resulta extraño haber pensado en ella; no me resulta extraño porque ya pasaron más de seis meses desde ese día en que le grité dos o tres verdades en la cara.
—Puta –le dije aquella vez–, eres una perra puta.
Ella se quedó parada bajo el umbral de mi despacho.
—¡Estupenda! No faltaba más... Vieja zorra. Eso es lo que eres: una vieja puta y una zorra.
El fin de mes pasado, cuando fui por la niña, se asomó a la ventana para cerciorarse de que Gabriela se montara en el coche. Fue la última vez que la vi, de refilón, apenas la silueta de una mano que descorría la cortina, un rostro que emergía fugaz aunque con cierta timidez y que luego, como si temiera ser descubierto o percibido, qué sé yo, desaparecía con la misma fugacidad, como un recuerdo de infancia”.