La maldición de la metresa
El esclavo y sus dioses
Desde que partió el galeón hacia el poniente hasta que llegó a las costas de islas extrañas, había vivido el más cruel de los infiernos, atado a cadenas que le dejaban los tobillos y las muñecas en carne viva. En las llagas, al llegar, crecieron gusanos debido a que las moscas ponían sus huevos y, a la vez, se cebaban con la costra de la sangre seca acumulada durante la travesía. Pero fue la sal que poseía el agua de un mar cálido, azul y con nombre aborigen la que acabó con los gusanos y ayudó a que las heridas cicatrizaran.