Narradores del Cibao 1828-1924
El cinco de octubre de 1863 en mi calidad de ministro de Guerra hacía yo una visita de inspección en toda la línea del Este, y a las cinco de la tarde, después de un viaje penosísimo y bajo una lluvia constante, llegué a las avanzadas del cantón de Bermejo. Me salieron al encuentro jefes y soldados, y rodeado de todos ellos llegué a la comandancia de armas. La comandancia de armas era el rancho más grande de todo el cantón, donde todo estaba colocado como Dios quiera. El parque eran ocho o más cajones de municiones que estaban encima de una barbacoa y acostado a su lado había un soldado fumando tranquilamente su cachimbo. Varias hamacas tendidas, algunos fusiles arrimados, dos o tres trabucos, una caja de guerra, un pedazo de tocino y como 40 o 50 plátanos era todo lo que había. A la puerta de la comandancia estaba el cañón escapado en la acción de esos días en que las tropas dominicanas, al mando del coronel Mota, habían sido arrolladas por el ejército español bajo las órdenes del teniente general Santana. Dicho cañón estaba en tan lamentable estado que las llantas de las ruedas estaban aseguradas o roteadas con hilos de enseronar.