Contando por no llorar
Cuando intenté escribir el primer cuento me llevé una gran sorpresa. No entendía el hecho que si tenía habilidad para deleitar a los amiguitos en la escuela con mis historias, no la tuviera para escribir esas mismas mentiras. Comprendí que algo andaba mal, no sin antes sospechar que era más fácil hablar que escribir. Mi gran error fue leer libros de redacción y tratados de cómo se escribe un cuento. Recopilé muchos de estos documentos y lo que conseguí con ello fue confundirme
más. Casi escribo el primer cuento con las orientaciones que ofrece Juan Bosch en el ensayo sobre el arte de escribir cuentos; pero la parte donde dice que el cuentista es como un aviador me detuvo; como llevaba todo al pie de la letra, necesitaba ser piloto de aviones para saber si cuando alguien vuela, sólo se dirige a un único sitio. A partir de ahí me percaté de que el mejor maestro para enseñar a escribir es un buen libro, en este caso, de cuentos. Aprendí mucho de Bosch; verdaderamente, uno de los padres del cuento hispanoamericano.
El autor