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El cuento es intenso por el solo hecho de ser cuento, porque transmite en su brevedad y en el relato de ese hecho único, una carga emocional muy tensa y, naturalmente, de tensa a intensa no hay más diferencia que ese in, que nos indica que la tensión ha pasado a ser interior, que está en la entraña misma del relato. Pero el hecho de que el cuento sea intenso no requiere que el lenguaje en el cual se escribe sea un lenguaje a su vez intenso o tenso. Uno de los grandes cuentistas del Occidente, Antón Chéjov, escribía con un estilo que no tenía nada de dramático. Tampoco Oscar Wilde, que fue un excelente cuentista, tenía un lenguaje dramático. Lo dramático en el cuento de Chéjov como en el cuento de Oscar Wilde y como en el cuento de Virgilio Díaz Grullón no está en las palabras que sus autores usan, no está en la manera de decir las cosas; está en la sorpresa con que aturden inesperadamente al lector, utilizando una técnica que no se aprende, que nadie puede aprender, gracias a la cual, de las palabras suaves, de las palabras tiernas, de las palabras que no tienen una garra para llevar al lector doblegado hacia un fin que se persigue, salta inesperadamente lo que el cuentista le ha escondido al lector, y en eso que le ha escondido y se presenta en el cuento perfecto al final es donde está la carga emocional y por tanto la intensidad del cuento. Eso lo logra Virgilio Díaz Grullón; lo logra en general en todos sus cuentos, pero en forma magistral en los mejores y sobre todo en uno que yo he seleccionado como cuento perfecto, que leeré al final de estas palabras.