Siempre mis aguas tendrán rumores
Hostos, el maestro, decía: “Cuando se conozcan en América los cánticos patrióticos de Salomé Ureña de Henríquez, no habrá nadie que les niegue la superioridad que tienen entre cualesquiera otros de la misma especie en nuestra América”. Como fiel discípula, ella misma se refería así a Eugenio María de Hostos en la investidura de maestras de 1888: “Hablo, señores, de la deuda contraída con el director de la Escuela Normal, con el implantador sincero y consecuente del método racional de la enseñanza moderna en la sociedad dominicana”. Cuando la tendencia hegemónica buscaba en la ciencia, apoyándose en Darwin, argumentos para justificar la inferioridad intelectual de la mujer, Hostos fue sin duda revolucionario al plantear su igualdad respecto al varón desde el punto de vista científico.
Salomé Ureña demostró con su vida y su obra la capacidad de la mujer para desempeñarse, tanto en lo público como en lo privado, aunque tuviera que contener las íntimas pulsiones de su ser para responder a las exigencias del momento histórico que le correspondió vivir. Y esto lo hizo sin sacrificar lo que —aunque ahora pudiera parecernos académico en exceso o tal vez prosaico— en su época se entendía como un lirismo capaz de integrar el sentimiento personal a la conciencia de una nueva nación.