El banquete del Matum
Juicio político a Federico C. Álvarez
Las generaciones presentes difícilmente podrán comprender el asfixiante ambiente en que desarrolló su diario discurrir la sociedad dominicana en el campo educativo, político, cultural y económico durante esos tenebrosos y sangrientos treinta años que los panegiristas del autocrático régimen de ese entonces denominaron, con laudatorio entusiasmo, “Era de Trujillo”, y que el asesinado exiliado Andrés Requena denominó, con certero grafismo, “cementerio sin cruces”.
Los días vividos bajo esa era fueron de represión, felonía, vesania, terror, inmoralidad, persecución, latrocinio y extorsión. Fueron días sin esperanzas y noches sin sosiego, donde el crimen era el pan de cada hora. No pueden los jóvenes de hoy, que disfrutan a plenitud todos sus derechos y prerrogativas, captar cabalmente el angustioso pánico, el temor cerval que sentía la gente de esa época, con solo oír los nombres de esos asesinos con uniformes, y que respondían a los de Ludovino Fernández, Federico Fiallo, Arturo R. Espaillat, Luis Arzeno Colón, Johnny Abbes García, Cándido Torres, Minervino, Clodoveo Ortiz y muchos otros maleantes de triste memoria. Y de los que se escudaban, para cometer sus tropelías impunemente, en el mismo apellido de Rafael Leonidas, como Romeo (Pipi), José Arismendy (Petán), Aníbal y Héctor Bienvenido (Negro), lo mismo que sus descendientes Ramfis y Radhamés. Y esos criminales vestidos de bombo y levita, armados de títulos universitarios y apellidos impresionantes que sirvieron, sin temor ni recato, como soportes para prestarle prestigio y legalidad a un régimen de origen espurio y filosofía antidemocrática.