Taberna de náufrago
Inmutable, negada, cómplice, veía a la ciudad. Con frecuencia se abandonaba al recuerdo y lentamente sobreponía a la realidad otra, solo suya, en ese mismo espacio. Y entonces rostros que iban y venían, adustos, envejecidos, entristecidos, indiferentes, rostros alegres, sonrientes, enfermos... Rostros que transgredían, rostros imposibles, malsanos, los que se negaban en los ojos de otros. Ella, sí, también era rostro, también ciudad, y distinta, como memoria y ardid. Y por momentos, en ese estado de transmutación, revivía en él la esperanza. Pero no se engañaba, esa ciudad que un día permitió el encuentro la ausentó sin dejar excusas... Todo se resumía a silencio, palabras cegadas, mudez a propósito, enojo, desdén. La ciudad rechazaba encuentros, embestía lo desconocido, lo que pugnaba por ser conocido o comprendido. La ciudad la negaba, andaba quién sabe por qué escondrijos o recodos. Solamente palabras, sonidos propios de aquel que miraba la noche apoderarse con ferocidad de ella que, a veces, en ocasiones, por instantes, era ella en sus pasos, en sus ojos, en su voz... Y observaba, desde ese imprevisto mirador, como apagaban luces y cerraban ventanas, como muros se desvirtuaban en sombras y negrura. Y la ciudad comenzaba a hacerse cómplice de dioses y de enfermos, de quietudes y de gritos, máscaras y rostros, y rastros. La ciudad, la noche y ella unificaban el mundo.