Cachón
Al fin pude en las vacaciones de ese año pasar una temporada en Buenagua. Largo tiempo hacía que lo deseaba y la insistencia de muchas personas allí no permitía abandonar un proyecto que varias veces se había aplazado en contra de mi voluntad.
He sido desde pequeño amigo de lo agreste; me encanta el campo. Es de notar cómo mi naturaleza se transforma, mi espíritu se expande y mis ojos adquieren inusitado brillo, cuando me encuentro en las selvas y mientras más salvajes mejor. Veo con pena, con una pena retrógrada, cómo la cultura desbroza los bosques que conocí vírgenes y llenos de misterios, al conjuro de sus penumbras, sus oquedades y de sus murmullos trascendentes. Y las sabanas, aquellas antiguas sabanas nuestras que amarilleaban sin fin, sin un matojo, sin una arruga hasta unirse con el horizonte; esas se me antojaban un infinito mar que yo cruzaba, haciéndome la cuenta de que era un descubridor, buscando afanosamente la orilla llena de sorpresas y de todas aquellas cosas extraordinarias que estaban en mi imaginación.
Pero no era todo imaginación. No era todo fantasía, ni era cosa como aquella que reseña Pedro Mártir de Anglería en sus “Fuentes Históricas”, que tanto ha hiperestesiado mi curiosidad; dice así el antiguo historiador: “Como a sesenta millas de la ciudad principal de Santo Domingo hay casi en frente, unos cuantos altos que sobre su cima tienen un estanque inaccesible, que nunca le han visto los modernos por lo quebrado de la montaña y porque no hay senda alguna... Finalmente, guiado el piloto por un cacique vecino, en cumplimiento del mandato del Gobernador, subió a la montaña y se dirigió al estanque. Dice que allí hace frío y que en prueba de ello encontraron ahalvas y salzas de moras, las cuales dos no aguantan región cálida... La laguna tiene tres millas de circuito; sus aguas son dulces y crían varios peces. En ella desaguan muchos ríos y no tiene salida, que por todos lados la rodean las cimas de las montañas”.