Sara Eva en la montaña
El reloj de la pared marcaba las diez y cuarenta y cinco de aquella tórrida mañana de septiembre, cuando se escuchó mi teléfono móvil chillar y temblar, indicando que había entrado un mensaje de texto. Tomé mi celular en la mano derecha y observé que el mensaje provenía de una pastora novicia, que antes era abogada en una compañía inmobiliaria.
Solía escribir sus devocionales matutinos muy a menudo, por tal motivo no era fácil leer siempre ese torrente de información que una escritora incipiente y con dedos ansiosos, tratara de matar su vicio crónico conmigo. Así que, no lo abrí en ese momento.
Empecé a recoger mis documentos e introduje el expediente en mi portafolio. Debía dirigirme al Tribunal, tenía que revisar la decisión de un Juez en ese recinto de la magistratura.