Solo sé que le llamaban Sombra
Premio Letras de Ultramar de Novela 2018
Qué bueno llegar y encontrarte muerta, mamá.
Miro el féretro y un escalofrío tibio me sube desde los pies hasta convertirse en un remolino de abejas alborotadas en mi boca. Saben a cobre mezclado con desaliento y rabia. Intento tragar, pero el remolino termina convertido en un nudo grueso, pesado, como si de pronto todas aquellas abejas se amontonaran en mi tráquea e intentaran con saña asfixiarme, o a lo mejor, es mi madre, en el ataúd, la que saca sus garras de cadáver y aferrada a mi garganta trata de arrastrarme con ella al infierno.
Sin embargo, me desconcierta notar que, a pesar de sentir todavía sus zarpas de demonio incrustadas en mi cuello, su cadáver estaba demasiado lejos de nosotros y no se había movido de lugar desde que los de la funeraria lo trajeron del cuarto de preparado y lo colocaron sobre los soportes, en el medio de la sala, a varios metros de Frida y de mí. Indiscutiblemente, su cuerpo seguía allí, exánime en la penumbra, austero y silencioso, como fuera conmigo en vida. Un escalofrío me arrebata, jadeo. Olvidé tomar las pastillas. Todo me agobia. De mi madre no podría esperarse otra cosa, peores desaciertos me había hecho en vida, qué no esperar de ella estando muerta.