República DominicanaRepública Dominicana
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ISBN 978-9945-503-71-5

El lodo y la nieve
Premio Anual de Novela Manuel de Jesús Galván 2019

Autor:Acosta, José
Editorial:Editora Nacional
Materia:Novelística dominicana
Público objetivo:General
Publicado:2020-04-20
Número de edición:1
Número de páginas:310
Tamaño:5x7.5cm.
Precio:$500
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

El viaje a la aldea natal de su madre se le convirtió en una verdadera expedición a un mundo inexplorado. Los desgarrones, manchas de lodo y rastros de cadillos que ahora, desde el sofá, contemplaba en su mochila denunciaban lo escabrosa que había sido la travesía. Apenas retornó, empezó a experimentar la sensación de hallarse encerrado en una burbuja de la cual no encontraba el modo de evadirse. Las imágenes, como una jauría salvaje, lo perseguían, lo acorralaban en un rincón que él evitaba visitar a toda costa: el rincón de sí mismo.
Meditabundo, se puso en pie y caminó hasta la ventana. Hacía menos de una hora que la tormenta se había desatado y ya la nieve había borrado las aceras y formado un almohadón en la capota de los vehículos estacionados a lo largo de la Morris. Los mansos copos, agitados a ratos por el vendaval, parecían encerrar una suerte de furia contenida. El día se hundía en la noche como un espejo en un cenagal.
La vibración del celular en el bolsillo del pantalón lo regresó a su mundo. Era un mensaje de texto. «Rocka, sal». Cerró los ojos; con la barbilla levantada, aspiró hasta llenarse los pulmones y expiró de golpe, abriendo los ojos con el arrebato de quien despierta de una pesadilla. Pensativo, entró en la habitación —amplia y ordenada, amueblada con una pesada cómoda de espejo ovalado, un pequeño librero dedicado a la colección completa de la obra de Georges Simenon y una cama tendida con esmero militar— y sacó el revólver de debajo de la almohada, un Smith & Wesson calibre .38, que sopesó en la palma de la mano como un cuervo muerto; abrió el tambor: dos de las recámaras estaban vacías. Haló una gaveta de la cómoda, extrajo una caja de balas y completó la munición. Tras guardar el arma en el bolsillo interior de su chaqueta de cuero, se miró al espejo y sonrió al encontrarse en el semblante el gesto adusto y calculador que le caracterizaba. Era de mediana estatura, cargado de hombros y tenía manos pequeñas, delicadas y poco varoniles, a las que trataba de añadirles ferocidad ornándolas en ocasiones con unos horribles anillos de bisutería barata. Antes de salir, apegado a una costumbre, sacó su pasaporte de la mochila y, parándose delante del librero, lo guardó entre las páginas de El hombre que miraba pasar los trenes.

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