Los oficios y placeres de miralvalle
Sábado por la tarde, las muchachas de Miralvalle medran
al sigilo de la siesta para, muy a escondidas, robarle un día al
rigor materno. Sacan de los armarios los vestidos domingue-
ros y se van a dar una vuelta por el centro del pueblo, donde,
endomingadas, se dejarán ver de los interesantes varones.
Versión moderna de un rito inmemorial. Zoila se desliza muy
sigilosamente y en puntillas, llega a la puerta del callejón, se
persigna tres veces, detiene la respiración y quita con cuidado
las rechinantes aldabas, porque si despierta a su madre, podría
sorprenderla saliendo feliz rumbo al Matadero. Al doblar la
esquina, siente un gran alivio de su temor y es que siendo sá-
bado y tres de la tarde, un solo propósito tiene su escapada...
pero ya dos calles más adelante, la asalta el otro temor, el más
grande, el que le provoca pesadillas de noche y de día sudores
y subimientos en la mismísima boca del estómago.