La perfidia de tu amor
Diseminados y ondulantes danzaban fusionados en el aire
los olores de la tarde. Sujetos a los caprichos y vaivenes
de las cabriolas que, unas veces ascendían a horcajadas, otras
descendiendo a desgano o deslizándose de costado.
A Bryan, esa mezcla de mariscos y yodo que arrastraba la
brisa marina de la playa le golpeaba mansamente su rostro,
haciéndole sentir un intenso estado emocional, de una peculiar
y placentera sensación de paz existencial.
Sentado en la húmeda arena, con la pierna derecha fl exio-
nada en ángulo recto, descansaba su brazo sobre la rodilla.
Se encontraba a escasos metros del agua, vestido de jeans
blanco, arremangados por encima de los tobillos y el torso
desnudo.
Observaba unas veces ensimismado, otras pensativo hacia
el horizonte insondable que se dibujaba a lo lejos en una difusa
línea gris.
De vez en cuando arañaba con una divertida sonrisa que
le bailoteaba infantilmente por todo el rostro, la blanca arena.
Hacía pequeños bollos con ella, apretándola suavemente contra
su puño y luego de una breve amasada, lo alzaba a nivel de sus
ojos, para luego ir liberándola despacio, en delicada cascada de