Vivir para soñar
Hoy Rebeca tirada sobre la cama, comprendió con cincuen-
ta años de edad que ella padecía del mismo mal que su
madre, heredó la costumbre de soñar, pero con manifestaciones
muy distintas. Ella soñaba despierta. Acostada sobre su espalda
en su pequeña cama escaneaba el cofre de su memoria buscando
los síntomas de su enorme y largo padecimiento. Toda su vida,
desde la más temprana infancia había dedicado su vida a soñar:
soñaba con la familia perfecta, porque siempre vivió sola con
su madre y sus hermanos; la casa ideal, siempre, siempre vivió
en casas alquiladas, ubicadas en distintos barrios asolados por
la miseria; el padre amoroso y tierno que la elevaba al cielo
mientras sus caras quedaban frente a frente, ella mirando a
su padre con la alegría de la niña querida, apreciada, el padre
dejando traslucir la felicidad en su rostro, el compromiso de
hacer de esa pequeña niña un ser humano superior, íntegro.