La caida
ALLÍ ESTABA el macho de los cuernos, luchando por so-
meterme. Lo vi como nunca antes: débil y vulnerable. Estaba
disperso entre la multitud. Por treinta años había lidiado con
él, y por eso lo reconocí en cada hombre y mujer de los que me
cercaban con piedras y garrotes. Estaba sucio de humanidad.
Desde mi lugar podía oler su peste a miedo, su odio y frustra-
ción. Después de tanto tiempo, pude comprender al fi n esa luz
opaca que irradiaban las personas, esas que a lo largo de mi
vida mostraron un destello de lástima cuando se referían a mí
como el huérfano o el muchacho triste y raro.