Marilyn Monroe escribe cartas de amor y otros cuentos
Premio de cuento Casa de Teatro 2019
Aunque Marilyn conocía su verdadero nombre, el que le habían adjudicado al nacer, aquel que ya no necesitaba, no se atrevía a pronunciarlo en voz alta. Era demasiado mediocre. Amanda, Lila, Julia: daba igual. Su apellido era incluso peor: un García, un Rodríguez, un Montes. Nada relevante. Aunque había llegado aferrada a su nombre y apellidos como un mendigo a un pedazo de cartón, enseguida descubrió que podía arrojar aquella carga del pasado en el primer rincón vacío de su cuarto.
Compartía habitación con una muchacha rubia que llevaba el pelo adornado con flores:
—Hola, mi nombre es Frida Kahlo —la extraña se había presentado con una sonrisa y un estrechar demasiado amable de manos—. ¿Tú eres…?
—Marilyn.
La rubia llamada Frida había mostrado una expresión curiosa en el rostro, como si no reconociera la identidad que se escondía detrás del nombre de la recién llegada: