Ventanas de un reflejo
Desde la simpleza o la complejidad, todo va a depender del án-
gulo de miras que se adopte, la poesía de Tomás Abreu abre
una ventana al mundo. Concebida desde la hermosura de lo
simple, esa ventana nos permite tomar el pulso de la brisa, del
paisaje que yergue en la montaña, de la llegada de una primavera
que se despelleja, la mueca de un camino o la sed que nos ocupa
como todo un inmenso desierto; desde esa ventana la vida co-
tidiana, filtrada por la agudeza y síntesis del lenguaje poético, se
nos presenta como es en su propia finitud. En cambio, asumida
desde la perspectiva de su complejidad, esta poesía se trans-
muta, se metamorfosea, da un radical giro y nos coloca en la
disyuntiva, retomando en cierta forma el platónico Mito de la
Caverna, de tener que elegir entre un mundo reflejo, ayuntado
a la existencia por la densidad de la sombra y otro mundo que,
aunque zarandeado por la virtualidad del teléfono inteligente
(Es recarga depresiva en el celular de quien no llama, dice el
poeta) y el disco duro que da vida a la aumentada realidad de
una pantalla, pesa de un modo particular sobre lo ineludible de
la existencia del individuo en la modernidad tardía presente,
cuyo paso por la vida oscila entre la clarividencia de la imagi-
nación, que promete, de momento y en forma refleja, paraísos
(quizás artificiales como en Baudelaire), y la incertidumbre, que
unida al miedo cósmico y a la amenaza global de más pobreza,
más hambruna, dolor y desesperanza, más desastres naturales,
más guerras y terrorismo, y una pretensión artificial de prolon-
gación de la vida y derrota final de la muerte, colocándonos