El pasado de un presente continuo
Thiago sabía que las probabilidades de que alguien llegara eran muy bajas, más bien sería un toque de suerte. Estaba consciente del «respeto» que le tenían cuando se despedía de esa manera. Sentía que todo se movía de izquierda a derecha, cada vez más rápido; sus pupilas se dilataban, cerraba los ojos, pero aun así empeoraba; las palmas de sus manos sudaban y en un intento de mantener la calma empezó a quedarse dormido.
―Tengo miedo ―fue lo último que dijo.
—Estas están muy saludables, cariño. Sostén esto aquí por favor. Cariño, ¿dónde te metiste?
El agua que brotaba de aquel dispensador no daba tregua. Trataba de descubrir quien hablaba, pero estaba poco visible. «Esperaré el ciclo» ―pensó.
Diez segundos después, el agua apuntaba en otra dirección. En ese momento sus sentidos formulaban interrogantes, pero no fue necesario precipitarse, lo que escuchó lo dejó atónito.
—Thiago, cielo, ¿dónde estás? No bromees esta vez…
—¡Oh por dios!
―Sorprendido, pensó: «Esa extraña mujer me habla a mí»