Los errantes
Erena retiró la mano cuando el arca se abrió. Era uno bueno. Estaba a rebosar de cristales grandes, color rojo sangre. Alcanzó uno que emitió un resplandor tenue. Lo sintió tibio, pesado, como si algo estuviese vivo en su interior. En un compartimento aparte, se amontonaban piezas redondas, del tamaño de perlas. Erena se descolgó la mochila de la espalda y guardó un puñado de los pequeños. Al inicio, pensaba llevarse dos de los grandes. Pero cambió de opinión al recoger un tercero de forma caprichosa, con la silueta semejante a la de un puño cerrado.
Con los instrumentos de su mano biónica selló el cofre y miró de nuevo a su alrededor. Era el depósito más grande que hubiese visto. Podría tratarse, quizás, del último. El Consejo no iba a tardar en encontrarlo. Los droides rastreadores, diseminados por las venas de metal del planeta-estación, eran tantos como pulgas podría tener un perro mal clonado en los Barrios Bajos. Una vez el Consejo se apoderase de ese almacén, iba a resultarle difícil volver a entrar.