Ana, la princesa
y otros cuentos premiados
Toda su vida Guillermo Michaelis había obrado con arrojo. Si bien era meticuloso en los detalles, cuando estaba a punto de conseguir lo que quería, perdía el control y se lanzaba sobre su objetivo sin medir riesgos. A sus cuarenta y cinco años, eran poquísimos sus logros por esa conducta. Se apresuró, por ejemplo, cuando le anunciaron su ascenso. El director del manicomio se lo había confiado a traspuertas: Tengo que salir de aquí, Michaelis, he estado tanto tiempo entre locos que estoy por creer que nuestro único destino es encontrar la cordura. A prueba en el cargo, Michaelis solo tenía que esperar el momento oportuno para emprender las reformas que él creía necesarias. Pero lo desesperó tanta posibilidad en sus manos. Entonces el director, sintiéndose traicionado, juró hostigarlo hasta el sufrimiento. Lo que Michaelis tuvo que soportar en represalia solo era comparable al profundo dolor que le produjo el fracaso de su promoción. Tanto fue presionado que llegó a enfermar de cuidado, si bien la dolencia fue en parte fingida; él lo había aprendido de los locos que reclamaban su atención inventando dolencias increíbles, y simuló un asma tan perfectamente, que el director dejó de forzar su dimisión.