Contando con mi abecedario
Ailem apareció junto a él. Yo sabía que Alam y ella estaban en algún lugar de la tierra. Eran muy astutos mis amados amigos. Estaba segura de que podrían resistir y sobrevivir en cualquier situación que se encontraran, por difícil que fuera. Por eso nunca perdí la esperanza de encontrarlos. Pero, ¡Dios mío en qué estado los hallé! Daba pena mirarlos. Ailem le seguía siempre los pasos a Alam. A donde quiera que él iba, ella le acompañaba. Compartían las yerbas que comían, porque eran herbívoros. No cazaban como lo hacían los carnívoros. Por eso, tampoco atemorizaban a los demás animales de su época. Al contrario, ellos eran muy amigables.
Ellos se protegían el uno al otro. Con frecuencia entablaban conversaciones. Una tarde parados frente a mí, los escuché decir: —Alam ¿jugamos a las escondidas?, ¿o echamos una carrera?, ¿o desea otro juego?, ¿qué prefieres? —Ahora quiero descansar. ¿Tú no estás cansada? Acabamos de hacer un recorrido por el bosque. —Ah está bien, entonces lo dejamos para más tarde. —Al cabo de un rato se pararon y reanudaron el juego. Yo los veía en ocasiones con sus largas colas entrelazadas realizando juegos interminables. Otras veces hacían sus juegos de frente. Con sus cortas extremidades delanteras se abrazaban, mientras se sostenían apoyando sus largas patas traseras en el suelo. Se mordisqueaban y yo me asustaba. Creía que sus grandes hileras de dientes afilados pondrían fin a sus vidas. Pero nada malo les pasaba. Sabían cómo hacerlo. Ni un rasguño pude encontrarles nunca.