La novia de Dios
Había finalizado la primavera y mi madre Joaquina Jiménez co-
menzaba a preparar todo lo que mudaría a la nueva casa, ubicada
en un poblado relativamente cerca de la estancia en que nací y en la
que vivíamos hasta entonces. Ese verano tuvo un comportamiento
climatológico distinto. Las fuertes lluvias dejaron los caminos empan-
tanados e intransitables; inclemencias del tiempo no detenían el pro-
yecto de cumplir su sueño de salir de aquel espacio rural, donde las
posibilidades de mandar a los hijos a la escuela eran remotas, y había
que hacer la mudanza para alcanzar esa meta del futuro de sus hijos.
Con apenas tres años de edad, guardé cada detalle de aquel evento
en mi memoria como una materia inmortal disponible cada momento.
Los tres camiones de Emiliano Núñez llegaron, trayendo consigo los
obreros. Entre gritos incompresibles y sudores, acotejaron los ajuares
empaquetados. Los vecinos miraban intrigados los preparativos de la
mudanza. Yo no entendía lo que gritaban los peones.