República DominicanaRepública Dominicana
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ISBN 978-9945-635-28-7

EL caballero

Autor:Brito Gabriel, Martín
Editorial:Editorial Santuario
Materia:Novelística dominicana
Clasificación:Biografías, literatura y estudios literarios
Público objetivo:General
Publicado:2022-04-27
Número de edición:1
Número de páginas:216
Tamaño:6.9x5.5cm.
Precio:$300
Encuadernación:Tapa blanda o rústica
Soporte:Impreso
Idioma:Español

Reseña

El bar El Ramonal de doña Ana Ramona estaba como de
costumbre, con su público contento, consumiendo botellas
de licor trago a trago. Era el lugar de diversión más popular de
la ciudad de La Jaiba. La gente decía que el forastero que iba
a La Jaiba y no visitaba el bar El Ramonal, pues sencillamente
no estuvo en La Jaiba.
Las atenciones del personal eran catalogadas como las más
cordiales de la región, pues las meseras siempre tenían una
sonrisa a fl or de labios para cada cliente, además que los precios
eran sumamente atractivos, no se abusaba de los visitantes y
eso se escuchaba de boca de los mismos benefi ciarios, en los
caminos y carros públicos.
Pero aparte de las buenas atenciones y precios suaves, existía
otro excelente atractivo, especialmente para los hombres: eran
las bellas meseras; siempre vestidas con unas minifaldas y unas
blusas de las llamadas baja y mama que dejaban a los hombres
vueltos locos y sin ideas. Los fi nes de semana ese bar parecía
una colmena de abejas, con tantos de los divinos hombres que
se desprendían de diferentes rincones de la ciudad.
Casi nunca se peleaban, porque doña Ana Ramona desde que se
rumoraba un run, run, a seguidas se le acercaba a quienes estaban

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Martín Brito Gabriel

en eso, se le paraba al lado y con solo mirarlos atentamente a los
ojos, ya lo atemorizaba sin hablarles una sola palabra, porque a
esa mujer se le guardaba un absoluto respeto. Ella decía:
—Aquí no se viene a pelear, aquí se viene a divertirse. El
que quiera pelear que se vaya a otra parte, he dicho. Hacía una
pausa, luego se limpiaba el pecho y terminaba diciendo:
—En El Ramonal no se pelea, se goza.

Ese era su lema. Las personas que frecuentaban constante-
mente el bar, poco a poco se fueron convirtiendo en guardianes

celosos de la buena convivencia y eran ellos los que intervenían,
apaciguando cualquier confl icto antes que doña Ana Ramona
llegara. Por esa razón ese bar era recomendado como el mejor
sitio para pasar un momento ameno.
La doña de vez en cuando se paseaba por cada mesa, eso sí,
siempre acompañada de un par de chicas de las más coquetas,
de las que allí trabajaban, como una forma de llamar la atención
de los clientes y exhibir parte de los encantos femeninos del bar.
Al acercarse a las mesas luego de saludar preguntaba, ¿No
desea algo más? —¿Cómo se está sintiendo?
Si notaba que era un cliente que llegaba por primera vez,
además de las anteriores preguntas solía también preguntar
—¿Le gusta el lugar?

La música que allí sonaba era la música del pueblo, la mú-
sica que el público deseaba escuchar: bachatas, salsas, pericos

ripiaos; eso sí, muy pocos reguetones, realmente allí no iban
muchos jebitos, y aquellos que solían asistir, prontamente se
adaptaban al lugar, pues sabían que ese era un sitio especial
para gentes especiales, no un sitio de diversión para gente de
cabeza vacía.
El ambiente era tan acogedor que los minutos y las horas
se pasaban sin que la gente no se diera cuenta.

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