Muchacha negra en un banco del parque
Desde un solar baldío, ocultos en las tinieblas, tres ladronzuelos observaban la alta puerta corrediza de una marquesina iluminada por el farol del alumbrado público. Detrás de la marquesina alcanzaban a ver, como trazada a carboncillo por efectos de la penumbra, la parte superior de la enorme fachada de la casa. Las ramas de un abeto flotaban por encima del tejado como nubes negras. A esa hora de la madrugada solo la ventana del ático estaba encendida y su luz se proyectaba en forma de cono hacia la calle. Uno de los ladrones encendió su celular, y la luz de la pantalla le cayó en la cara como un chorro de leche, delineando las facciones de un adolescente de grandes ojos claros, cejas desafiantes y boca triste.