Marabunda. La cuna de escorpión
MARABUNTA. LA CUNA DEL ESCORPIÓN
Esta es la primera mañana que no veré. He muerto. Heme aquí incorpóreo deambulando en lo alto de un fulguroso cielo azul, sin asomo de nubes, desde donde contemplo mi muerte más reciente. Sí, he muerto varias veces. Acabo de morir otra vez, un caluroso 24 de octubre de 1891, en el estéril desierto de Namib. Me elevo, me abro paso a través de este viento caliente y seco que sopla insistente desde la puerta del infierno. Me uno a esta lenta ascensión, la acepto plenamente, me dejo llevar. Ahora, desde esta altura, suspendido e inmóvil, presencio las moscas zumbando en círculo sobre mi prieto caparazón aplastado en la arena rojiza. Hay hormigas dando largos paseos sobre los huecos de mis doce ojos, que, vistos desde esta alzada, lucen beligerantes, despectivos, profundos: aparentan mirar fijamente por largo tiempo sin ver en absoluto.