De mitos y de aquelarres
Un texto literario de genio es resultado a lo sumo de una inspirada
creación de lingüísticos contextos cuya inteligente y laboriosa
yuxtaposición determina a la larga su acierto. Más allá con todo
del aspecto formal a que obviamente dicha yuxtaposición atiende,
resultan el más patente e indispensable fundamento y generatriz
de la obra así concebida aquella inspiración y conceptualización
profundas derivadas del misterio de su pura literaria hipóstasis, la
cual siempre de inexplicable modo establece cierto indisoluble vínculo
entre la lograda creación y su autor. A ello las ordinarias apelaciones
de la pontificadora crítica y la literaria preceptiva más pomposa
(preconizando, digamos, tal uso aquí de la metáfora, condenando
allá tal desproporción de la sintaxis, enfatizando acullá tal derroche
o logro de la pertinente imagen o del altisonante rodeo retórico) le
son en todo caso indiferentes, salvo que sean una u otra precisamente
propulsadas por la desinteresada buena fe que arraiga en la liberada
consciencia de esta soberana inspiración e inexplicable hipóstasis, que
maravillosamente determinan el laberíntico proceso creativo.