Cuentos de El Maniel
Para el abordaje y comprensión del conjunto de textos contenidos en este libro se hace necesario, me parece, un breve recorrido por la dilatada tradición literaria occidental. Ello así, porque, en lo que a la conformación del relato se refiere, y durante la práctica clásica, su producción y codificación estuvo bajo la vigilancia de dos disciplinas diferentes: la Poética y la Retórica. Ambas propagaban, en efecto, su interés por el discurso bello (concepto hoy banalizado y degradado, pero caro a la Antigüedad), aunque, entonces, una de ellas apuntara al placer estético, y la otra, a la persuasión forense. Ese interés común dictaminó la colaboración de ambas doctrinas, primero, y la coincidencia en un modelo único, después. Al final, la Poética absorbió a la Retórica hasta transformarla en uno de sus complementos.
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Y, a pesar de lo antes expresado, o puede que, precisamente debido a ello, cada uno de estos relatos adquiere, en su desarrollo, una atmósfera única, un espacio particular que los individualiza. A la hora de enfrentarlos, sus lectores se dividirán en dos grupos: aquellos que nacieron en provincias y los que lo hicieron en las urbes. Los primeros padecerán la fiebre del regreso a los territorios perdidos de la infancia; los últimos, una suerte de incertidumbre, de miedo, ante la posibilidad de penetrar en paraísos perdidos o desconocidos.