Jesús es el Señor
De su conocimiento interno a la misión
Conocer a nuestro Señor Jesucristo, en su realidad divina humana, -hemos de afirmarlo de nuevo- es una gracia singular e inmerecida. Y repetirlo, desde la visión Ignaciana del “conocimiento interno”, para que más le ame y le siga, responde al proyecto que San Ignacio se propone en sus Ejercicios Espirituales. Los ofrece como una viva y entusiasmante realidad que irradia de nuestra consagración a la Trinidad, por el sacramento del Bautismo. El la avista como un designio que viene del mismo corazón del Padre para sus hijos a los que ha querido demostrarles que su amor es real, inefable, eterno, tan eterno como su misma existencia. Y que en el deseo de ofrecerles “lo mejor” que puede regalarles es precisamente, a su Hijo, Jesús. Por eso su anhelo de siempre es confiarle a su Santo Espíritu la misión de ayudarnos a comenzar, ya desde ahora, la vida en alabanza, y en acción de gracias a la una e indivisa Trinidad; la existencia nueva ya sin fin del pleno gozo en la expresión de San Agustín: “veremos, amaremos, gozaremos y así siempre con el Señor”.
Esta es la dicha que nos espera por la infinita misericordia y generosidad de Dios; a ella nos anima el mismo Señor, Jesús, y nos ofrece la ayuda inapreciable y necesaria de su Espíritu (Jn 16, 7s; 17,24), pero, al mismo tiempo, nos exhorta a gastar nuestra vida realizando en el amor y el servicio el programa que El mismo asumió (Lc 4, 16-22), que nos vuelve a recordar en la maravillosa síntesis de San Mateo 25, 31-46 y que el Concilio Vaticano II sintetiza en el número 34 del Documento Gaudium et Spes (Gozo y esperanza).