Paroxismos de cordura
Tenía ya casi tres meses cuando mataron al bebé. No sabían qué hacer con ese muchacho. Desde que supo que había embarazado a su mujer por sexta vez, Raúl comenzó a odiar ese bulto secreto creciendo en sus entrañas y que, dentro de unos ocho meses, vendría al mundo, demandando repartir el ya escaso pan que, terco, se olvidaría de traer debajo del brazo. Altagracia estaba simplemente harta. Vivía por pura inercia, laboraba en la Zona Franca, hacía los quehaceres domésticos ayudada por la hija mayor y tenía relaciones con su marido con la misma paciencia impertérrita y la ausencia tolerante con la cual el resto de los mortales llevamos a cabo las tareas impuestas de dormir, respirar, comer, orinar y cagar. Demasiado cansada para luchar contra él, había aceptado finalmente su destino y era partícipe de todos los eventos como poco más y a veces menos que observadora. Cuando el niño se enfermó la primera vez, había temido más la reprimenda de la supervisora y la posibilidad de ser despedida, que por la vida de su hijo; era cuestión de simple matemática: valen más siete que uno.