A Carolina le encanta bailar
Recuerdo vívidamente aquel viernes otoñal en vísperas de la caída de la dictadura. Güicho, Momi, Candé y Fernando, mis compañeros de aula, me esperaban con la algarabía y excitación de quienes han superado esa rutina bucólica de días inexpresivos y noches misteriosas atravesados por un soplo de aire en una aldea levantada en medio de la nada.
Había acompañado a mi papá en una contrata de construcción de casas de madera para los primeros bateyes del central azucarero. Me sentía cansado y no tenía ningún interés de ver nada, pero mis amigos me arrastraron al novedoso circo instalado en la avenida que tenía el nombre del dictador.