Nosotros, los inocentes
Poemas
En efecto, el lirismo que atesora este libro –que ciertamente brilla con sombrío fulgor– no es de los que regalan el paladar a la manera de fruta dulce y jugosa, ni de los que destellan con retórico desplante de fuego de artificio. Porque es esta una poesía que a las primeras de cambio diera la impresión de colocarse de espalda a lo que tanto la gente del común como el avezado crítico suelen considerar poético. Verbo beligerante, ceniciento y hosco que pareciera provenir de los más fangosos socavones del alma, palabra que la agonía muda en quejido y que una fúnebre tristeza de violáceas ojeras y demacrada faz estruja y arremolina. Pocas veces en mi ya bastante alongada experiencia de catador de versos me he encarado a un poemario de tan tupida oscuridad como el que su autor, mi admirado amigo Giovanni Di Pietro, ha intitulado Nosotros, los inocentes, sobre el que burla burlando me ha tocado la no por ardua menos honrosa tarea de enhebrar unos pocos sobrecogimientos y estupores… Pero ¡cuidado!, la oscuridad a la que vengo de aludir mal haríamos en sobrentender que refiere a una intrincada manera de decir las cosas, a un hermetismo expositivo de acusado sesgo intelectualista, que la realidad está en las antípodas de semejante suposición. Valga la aclaración: la oscuridad de la que hablo no remite a una impermeabilidad elocutiva que haría, si no inaccesible, sí fragoso e ingrato el entendimiento de lo que se nos desea comunicar, pues el lenguaje con el que nuestro poeta se desenvuelve en este su más reciente parto lírico nos luce de una transparencia, sencillez y coloquial entonación que ni al menos curtido de los lectores de poesía podría llamar a confusión… No, a contrapelo de tantos bardos que, para nuestro infortunio, al día de hoy se especializan en ociosas complejidades, calculadas ambivalencias, fru fru retórico y vagarosidad, Giovanni si por algo se distingue en el poemario que estamos sometiendo a célere escrutinio, si por algo difiere y disuena, es por hacer que el canto, que en la ilustre tradición clásica del fraseo rítmico se explaya, se avenga y ajuste a un discurrir de las ideas mucho más afín a la prosa… Y especifico: a la prosa, no al prosaísmo; esto es, a un tratamiento confesional que por excluir de partida toda bisutería ornamental y todo aparato tendiente a distanciar el discurso poético del llano y familiar, le permita sumirse en el desconsuelo y presentárnoslo en su más atropelladora realidad, desde la perspectiva desangelada del hombre mutilado que tiene frente a sí.