Estampas de mi Bohío
El galeno decimero, con melodía cabalga sobre una historia que el tiempo ni el desdén han podido borrar. Deja que las pupilas asombradas y sedientas del lector atrapen la luz que por la admirable glosa fluye.
Al recorrido de su camino, de siglo en siglo, el jinete se coloca la mano izquierda sobre la mejilla para que suene más fuerte su voz de pregonero y, pueda hacer eco en los huacales vacíos de corazones endurecidos: y cuál dominico clamando en el desierto repite:
Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios?
Mas ese pregón bendito sumió en el silencio a los hijos de Atabey, hasta que los poetas de la patria, amorosos gendarmes del Quisqueyanos valientes, en las últimas décadas decimonónicas, izaron voces como banderas. José Joaquín Pérez, Salomé Ureña, y muchos otros, cantando en un coro de rítmicos compases las letras que colgaron como medallas de honor en el pecho vibrante del pueblo que siempre ha jurado vencer o morir, como enseña del rescate de su inocencia vejada por la colonialidad, y despertaron ese pueblo entero del sueño letárgico que desdibujaba su identidad.