Me Declaro
Hay libros que se escriben desde la razón, y hay otros —muy pocos— que brotan desde un lugar más profundo, más visceral. Me declaro, de Ramón Moya, pertenece a esta segunda estirpe. No es un poemario concebido para la galería ni para el aplauso: es una confesión abierta, una urgencia escrita con la sangre de lo vivido, lo deseado y lo perdido.
En sus páginas no hay poses ni artificios. Moya no pretende deslumbrar con figuras literarias ni provocar con imágenes forzadas. Su fuerza está en la verdad que arrastra cada verso, en esa capacidad de nombrar el dolor y la ternura sin adornos innecesarios, con la llaneza de quien ya no puede ni quiere callar. Lo humano, en su estado más frágil, es el verdadero protagonista de este libro.
El amor, el deseo, la soledad, la ausencia, la memoria: todos aparecen aquí no como temas literarios, sino como experiencias encarnadas, vividas en carne propia. La mujer amada no es una figura abstracta, sino un cuerpo, una voz, un gesto cotidiano que se vuelve sagrado. Y el poeta no escribe desde la comodidad de la nostalgia, sino desde la herida aún abierta.
Hay poemas que golpean, como “Estoy solo” o “Cada día”, donde el vacío existencial no se disfraza con retórica; otros que acarician, como “A ti” o “Te deseo…”, donde el amor se muestra en su forma más vulnerable y más real. Hay incluso momentos donde el autor dialoga con el silencio, como si cada palabra fuera un eco que busca no ser olvidado.
Me declaro no es una colección de poemas: es un testimonio. Una declaración de humanidad en medio del ruido, un intento por rescatar algo de belleza entre los escombros del alma. Leerlo es como abrir una carta que no estaba dirigida a nosotros, pero en la que, sin saber cómo, encontramos nuestro propio nombre.
No es necesario ser poeta para escribir así. Basta con haber amado de verdad, haber perdido, y seguir amando igual. Eso es lo que hace Ramón Moya en este libro: declararse —con todas sus luces y sus sombras— sin pedir permiso ni pedir perdón.