Poemas de oficio diario
Los poemas de Marcos A. Blonda son devastadores. Son, también, elegantes. Hay algo de arcano en esa elegancia. Algo de inasible.
La receta va como sigue: Dos tazas de un café misterioso. Tres de absenta. Tomar sin que importe el orden. Nunca mezclar.
Pero quizá correspondería más bien un plano. Va más o menos así: Le doy noticias a Marcos sobre la devastación que causaron y lo elegantes que son sus poemas. «¿Elegantes?», me pregunta. Entonces hace un mohín. «Yo no diría que son elegantes. Diría que son otra cosa. Pero nunca elegantes. Elegantes suena a una vaina de franceses», me dice, y nos reímos de buena gana ante un chiste demasiado privado.
Pero ¿cómo descifrarlos? Uno siempre parte de un lugar específico con respecto a todo lo que lee. En ese aporte, uno encuentra donde apoyar, como diría Dafoe refiriéndose al diablo, la planta del pie. No es demasiado meritorio. Sí es un poco medalaganario. Pero es un principio. Esa es la palabra clave. Principio.