Mi Embrión Vieron Tus Ojos
tantas preguntas. Tal vez fue cuando era niño y sentía
que la vida me pesaba más que a los demás. O quizás fue
después, cuando empecé a notar que había ausencias que
dolían más que cualquier golpe. Lo cierto es que crecí con
una inquietud que no se me quitaba del pecho:
¿Para qué estoy aquí?
¿Por qué me tocó vivir lo que viví?
¿Y si Dios realmente me veía, por qué guardó silencio?
Caminé muchos años sintiéndome como un error,
como alguien que llegó sin explicación, un accidente fruto
de dos personas que no estaban listas o que no sabían lo
que hacían. Me sentía fuera de lugar, como si mi historia
no tuviera forma ni sentido. Y es increíble cómo uno termi-
na creyéndose eso cuando no ha sido afirmado por el amor.
Con el tiempo entendí que no siempre uno necesita
respuestas. A veces, lo que más hace falta es una mirada
que te confirme, un abrazo que te sostenga o una voz que
te diga, sin rodeos: “Yo te vi, te pensé, te soñé… antes de
que fueras algo para los demás”. Y descubrí que esa voz, la
única capaz de decir eso con verdad, no venía de la tierra,
sino que venía del cielo