Sala de espera
En el corazón polvoriento de la provincia Sánchez Ramírez, se alza un antiguo asilo, hoy disfrazado de hospital geriátrico, donde el tiempo se ha rendido, los relojes apenas insinúan el paso de las horas y la luz, siempre pálida, parece brotar de los mismos recuerdos que habitan sus muros.
Allí, en la sala de espera de Geriatría, un puñado de almas dispares se encuentra, no por casualidad, ni solo por tratamientos o visitas. Han llegado —o tal vez se han quedado— en una suerte de purgatorio cotidiano, un limbo de sillas de metal, pasos arrastrados y murmullos de tubos fluorescentes que no callan nunca.
Cada personaje carga con su propio eco, una culpa no dicha, una pérdida que aún duele, un secreto que arde en silencio. Y mientras el tiempo se va deshojando como un almanaque olvidado, ellos conversan, discuten, recuerdan… y sin proponérselo, se acompañan. Entre encuentros, confesiones y largos silencios, descubren que la vida, incluso en su ocaso, todavía puede ofrecer una última redención. Porque nadie sale vivo de la vida —eso lo saben—, pero hay quienes logran despedirse en paz.