La niña y los curios
Hay cuentos que nacen del alma, bordados con hilos
de memoria, ternura y verdad. La niña y los curios
es uno de ellos. Más que una historia, es una ventana
abierta a un tiempo en que la inocencia caminaba
descalza entre matas de yuca y árboles de mango,
cuando las decisiones más difíciles se tomaban con
el corazón dividido entre la esperanza y el dolor.
Este relato nos conduce al campo dominicano de los
años setenta, donde la pobreza no era solo escasez,
sino también fuerza, dignidad y comunidad. En ese
escenario, una niña pequeña —Cina— nos guía con
sus silencios y sus ojos asombrados por la vida. Su
travesía, entre el desprendimiento y el reencuentro,
entre los duendecillos del monte y la fría casa de
concreto, nos recuerda lo esencial: el valor de la
familia, el peso de una promesa, y la ternura que
sobrevive incluso en medio de las pérdidas.
En una época donde muchos niños eran “dados”
con la esperanza de un mejor porvenir, este cuento
lanza una pregunta profunda: ¿qué es realmente lo
mejor para un niño? ¿El bienestar material, o el calor
insustituible de su hogar?
La niña y los curios no es solo una historia rural.
Es una historia universal. Nos habla a todos los que
alguna vez fuimos niños, a todos los padres que han
tenido que decidir entre lo que pueden ofrecer y
lo que quisieran dar, a todos los maestros que han
tocado vidas para bien o para mal.
Que este relato toque tu corazón como tocó el mío.
Y que al terminar de leerlo, sientas la necesidad
de abrazar más fuerte, amar con más conciencia
y recordar que los ojos de un niño —como los de
Cina— no mienten: solo brillan cuando están donde
deben estar.