La sal de la tierra
Después de leer La sal de la tierra, de Efraín Sánchez Trinidad, no sé si pueda otra vez desconocer mis dudas. El visionario se instala en el umbral, en esa zona liminal donde la certeza se fractura y la palabra se vuelve acto de transgresión. Desde allí, convoca símbolos y figuras, míticas o bíblicas, para desafiar la aridez del destino. No las usa como ornamentos, sino como herramientas para rehacer lo que parecía irrevocable. Cada imagen es un gesto de superación, una afirmación de que la precariedad puede convertirse en territorio fértil, cuando se nombra y se transforma en poema.
–Osmán Avilés
Escritor y profesor cubano