Confesiones De Un Pastor
Estimado amigo y lector: Estamos viviendo tiempos que la Palabra de Dios describe claramente como “tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1). Son tiempos arduos, complejos y emocionalmente demandantes, donde la presión de la vida, del ministerio y de las circunstancias diarias se ha intensificado como nunca. En medio de esta realidad, tener a alguien de confianza con quien hablar, desahogarse y confesar nuestros sentimientos, pensamientos, emociones negativas, preocupaciones, temores, cargas, opresiones e incluso pecados, se ha vuelto no solo importante, sino indispensable. No fuimos creados para caminar solos ni para manejar solos todo lo que nos sucede. El mismo Creador lo declaró desde el principio cuando dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18). La soledad prolongada, especialmente cuando se vive en silencio, no es saludable para el alma. Por eso necesitamos a alguien con quien compartir lo que nos acontece a diario. Dios, en Su sabiduría y amor, nos dejó una instrucción clara en Su Palabra: la confesión. Santiago 5:16–20 (RVR1960) “Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho… …el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.” Lamentablemente, hemos sido testigos de múltiples hechos, noticias y hasta tragedias que han involucrado a grandes líderes, hombres y mujeres de Dios, que terminaron destruidos no por falta de llamado, sino por no haber tenido a alguien con quien compartir y desahogar lo que llevaban por dentro. El silencio, la soledad y la falta de un espacio seguro se han convertido en enemigos silenciosos del liderazgo y de la fe.