Cibao adentro
Poesía
Amaneció muerta. Así de simple, muerta.
Sin ningún alboroto, sin aspavientos.
Murió de sí misma, joven mujer todavía:
los hombres la buscaban en la calle
iban detrás de hermosura que ahora se deshace
dentro de una extraña suavidad
que no conoce manos para tocarla.
Era mi primera muerte verdadera,
la admiraba desde mi inicial niñez,
quizás en algunos de mis sueños irretenidos
adelanté el gozo de la carne,
con ella que siempre fl or aparecía
y que distanciaba lo posible y temprano
que yo desconocía como tantas otras cosas
del mundo en que vivía
y del aquel más distante.
Amaneció aquella mañana sin ninguna sonrisa,
lejos del alborozo, quieto andar de danza
que asciende desde los pies,
al instante del ojo.