Frank Luna. Una estela de ensueños
No sabría decir con exactitud cuándo ni cómo conocí a Frank Luna. Tengo, más bien, la íntima sensación de que Él siempre ha estado ahí, como una presencia natural en el paisaje de mi memoria, creciendo silenciosamente junto a las vivencias de mi vida romanense.
Cuando intento precisar en la memoria la fecha de aquel primer encuentro, esta se disuelve entre los recuerdos culturales, sociales y humanos de nuestro en- torno, incluyendo mis servicios como médico. Porque hay personas cuya presencia se vuelven tan natural en la vida de un pueblo —y también en la de uno mismo— que resulta imposible recordar el instante exacto en que llegaron a nuestra vida. Así sucede con Frank Luna. Cuando trato de rastrear en el pasado el momento en que lo conocí, descubro que su figura ya habitaba los paisajes cotidianos de nuestra querida ciudad de La Romana.