Brisa misteriosa desde el campanario
Para nadie es un secreto que el soneto ha sido la estructura poética más exigente que ha servido de marco a la poesía, desde su nacimiento en Italia en el siglo XIII, atribuido a Giacomo da Lentini y que fuera consolidado por Arezzo Francesco Petrarca en el siglo XIV, autor del cancionero (Canzoniere), gracias al cual el soneto se convirtió en la forma más pura de expresión para los romances.
Desde ese entonces, los grandes nombres de la poesía giraron alrededor de este formato por múltiples razones, siendo la principal causa su perfección rítmica, o sea, la elegancia musical que se desprenden de sus versos, normalmente catorce endecasílabos, ordenados estróficamente en dos cuartetos (o serventesios) y dos tercetos, rima consonante (preferiblemente abrazada en las dos estrofas iniciales) y en el mejor de los casos, con musicalidad interior, o sea, acentuación formal en determinadas sílabas (moras) de cada verso; por ejemplo el denominado “melódico”, cuyas terceras, sextas y décima moras tienen muy bien marcada la fuerza tónica, habiendo sido Garcilaso de la Vega su principal cultor.