Del estrado al micrófono
El peso de nuestras palabras
un ejercicio de responsabilidad ética que pocos logran
dominar. Si estás buscando un manual de oratoria para hablar
bonito o una guía legal de cómo ganar una discusión, cierra
este libro ahora mismo. Te lo digo de corazón: hay demasiada
gente allá afuera enseñando a fingir una voz que no tienen.
Soy abogado. Mi vida entera se ha basado en “el estrado”,
en las palabras técnicas, en la investidura y en proyectar una
seguridad que, a veces, es puro bulto. Durante años creí que si
hablaba con la fuerza de un martillo, nadie se daría cuenta de
que por dentro, seguía siendo ese niño que se sentía menos
cada vez que alguien le alzaba la voz.
Pero las palabras tienen memoria. No se las lleva el
viento; se nos quedan pegadas en la piel como tatuajes que
nadie ve. A veces, una frase que te dijeron a los ocho años se
convierte en la ley que rige tu vida a los veinticinco. Y eso es
lo que vengo a hacer aquí: a soltar el código.
Ese miedo se manifiesta también como un nudo físico
en la garganta, una presión que se siente como si te hubieras
tragado una piedra. Ese silencio aprieta tanto que termina
ahogando nuestras relaciones, dejándonos con una sensación
de vacío porque preferimos quedarnos con la “razón” en
lugar de quedarnos con la persona.
Aquí en República Dominicana, desde pequeños nos
instalaron un código de hierro: “hay que ser fuerte”, “tú no te puedes dejar de nadie”, “el que se apocó, perdió”. Nos
enseñaron que la vulnerabilidad es un defecto de fábrica y
que la mejor defensa es un ataque o un silencio blindado. Esa
cultura de “no dejarse” nos convierte en expertos en poner
cara de que todo está bien mientras por dentro el mundo
se nos cae a pedazos. Nos dijeron que el hombre que llora
o el profesional que admite una duda es alguien “débil”,
obligándonos a vivir en una burbuja constante de seguridad
fingida. Pero ese mismo código que nos “protege” es el que
termina aislándonos en una celda de soledad. Al no dejarnos
ver por nadie, terminamos siendo desconocidos incluso para
los que más nos quieren.
En este libro, voy a abrir el archivo de mi propia fragilidad,
no porque sea un experto en psicología, sino porque me
cansé de juzgar y decidí empezar a escuchar. Lo que vas a
leer no son solo historias de otros; es el rastro de mis propias
heridas y cómo aprendí que la verdadera autoridad no te la
da un título, sino la valentía de decir tu verdad sin miedo a
que te vean roto.