Mi amigo Fransuá
Luz y sombra, bondad y maldad, realidad y apariencia: una dualidad que los seres humanos transmiten a la sociedad, materializada en pueblos y ciudades. El Santiago de entonces —como el de ahora— no podía escapar a esa realidad. En nuestro pueblo, nada es lo que parece. Las casas de los notables esconden secretos tan sombríos como el corazón de los humildes. Nadie es completamente bueno, nadie es completamente malo. El amor esconde el odio y viceversa.
En ese confuso universo, la decepción es inevitable para los que, como Fransuá, transitan por entre sus vericuetos guiados solamente por la buena fe que les es propia. Ante el dolor, que es el precio de su candidez, Fransuá —como los demás— debe decidir entre el rencor y el perdón.