Los enemigos del alma y las armas de la luz
El bien y el mal son difusivos. La vida del creyente se desarrolla en medio de estas dos fuerzas que luchan entre sí por poseer el dominio de su corazón. Porque lo bueno y lo malo no pueden convivir juntos eternamente, tienen como objetivo último la victoria total. El cristiano está llamado a resistir a las potencias malignas (enemigos del alma) y a contribuir con los medios a su alcance al dominio de la luz sobre las tinieblas (armas de la luz). Misión ardua pero no imposible.
Las armas humanas no sirven de protección frente a la imponente artillería de las potencias demoníacas. Las celestes son imbatibles; sólo el Hijo de Dios las posee. Tras su éxodo al Padre, las entrega gratuitamente a sus discípulos para que asuman el duro combate de la fe y salgan victoriosos.