Mujeres Inquebrantables
Conversaciones que sanan
He pasado años transitando entre dos territorios que
muchos consideran opuestos. Por un lado, el consultorio
terapéutico, donde el lenguaje es clínico, las técnicas
están validadas por investigación y el proceso de sanidad
se mide en sesiones, intervenciones y progreso medible.
Por el otro, el altar pastoral, donde el lenguaje es de
fe, las intervenciones están empapadas de oración y la
sanidad se sostiene en la convicción de que Dios sana,
restaura y transforma. Durante mucho tiempo viví esta
tensión como una bifurcación dolorosa, como si tuviera
que elegir entre ser fiel a mi formación clínica o ser fiel
a mi llamado espiritual. Pero con el tiempo aprendí algo
que ahora sostengo con firmeza: la tensión no era señal
de contradicción, sino de necesidad. La iglesia necesita
terapia porque el alma herida no se sana solo con oración
bien intencionada. Y la terapia necesita alma porque el
ser humano no es solo una suma de síntomas tratables,
sino una criatura diseñada para algo más grande que su
propia recuperación emoción.