Los muertos no sueñan
A la manera de una inevitable profecía, los personajes de la novela Los muertos no sueñan de Rubén Sánchez Féliz viven sus horas más intensas cumpliendo un destino que al parecer los antecede. Unas horas que se dispersan en medio de la agitación barrial, entre la música y el cuerpo, la fiesta y el drama, la violencia pero también la familia y la melancolía.
El tiempo presente –agudo y veloz– alcanza a evocar las memorias más sensibles en los protagonistas porque esas memorias conducen a un inminente porvenir. El tiempo se precipita, se cruza, se vuelve urgente en el doble relato que esta novela se propone.
El paisaje del barrio muestra su energía corporal, un paisaje fundado en los cuerpos latinos que le imprimen esa tonalidad otra, una tonalidad específica donde la pertenencia y la despertenencia fluyen en una curiosa armonía.
Entre el deseo, las eróticas, los fragmentos de inglés que se filtran en las psiquis, la letra de las canciones más identitarias, fluye la confusa muerte, real o simbólica. Esa muerte ambigua que traspasa la novela y la dota de un poderoso componente poético.